Soy Carlos Jeldres Venzano. Ingeniero, Chileno, Chillanejo y fanático de Ñublense. El 11 de junio del 2016 dejé mi trabajo y comencé a perseguir mi sueño: dar la vuelta al mundo en bicicleta. 5 continentes, 5 años y más de 100 países. Bienvenidos al viaje de mi vida

La conquista de Lesoto

Carlos Jeldres Venzano - diciembre 30, 2018

Lesoto. País 65 del viaje.
Volví de Suazilandia y me quedaban todavía 10 días esperando en Johannesburgo. Por un motivo que aún no puedo revelar, tenía que estar sí o sí al día siguiente de navidad en la ciudad.
Johanesburgo fue una de las ciudades que más odié. La menos amable con la bicicleta que he visto por lo demás. Días atrás, mientras pedaleaba de Pretoria a Johannesburgo un auto le pegó a Libertad a más de 60 kms. Afortunadamente no perdí el equilibrio y salvé. Es una ciudad donde el auto es el rey, lo es todo. Salvo en el downtown, no hay gente caminando en las calles, no hay transporte público y lo más interesante que hacer en la ciudad es visitar uno de los tantos shopping center repletos de gente. La ciudad es como el estereotipo de aquello que odio. La peor parte quizás es la seguridad. O mejor dicho, la obsesión que tiene la gente de esta ciudad con la seguridad. Cada vez que salgo después del atardecer pasa algo. Gente advirtiéndome de no poner un pie en la calle, un policía diciéndome que mejor me devuelva al hostal porque es peligroso salir de noche o, la gota que derramó el vaso, cuando caminaba por la calle luego del atardecer (a paso rápido como de costumbre) y una señora que iba al frente, al sentirme, salió corriendo, gritando que le iban a robar. En ese momento decidí dejar la ciudad, cuanto antes. Pero ¿dónde? Cómo siempre que pasa eso, veo un mapa, y decido partir el país más próximo: Lesoto (Lesuthu, como lo pronuncian acá), el último de los tres países completamente rodeado por otro que me faltaba por conocer. En este caso, rodeado por Sudáfrica.

¿Porqué Lesoto? Hay países cuya principal motivación, es su gastronomía, como Georgia o la República Checa. Otros por su gente, como Rusia o Palestina. Pero acá era simplemente, en un comienzo, por llegar a único país del mundo que está completamente sobre los 1000 metros de altura. Es, si bien no el pais más alto del mundo (ese es Nepal o China) es el "menos bajo". Todo el país es básicamente un cordón montañoso, y quería llegar a él por uno de los pasos más remotos del mundo, el Sani Pass. Tenía la excusa perfecta para ir, el desafío físico.

Con Charles y su famlia.
Contacté a Charles, un sudafricano que vivía Pietermaritzburg, ciudad desde donde iba a preparar al ascenso, quién se ofreció a alojarme y ayudarme con el plan. Temprano al día siguiente partí a su ciudad. Al llegar, descubro que él y su hijo ya tienen varias expediciones en bicicleta, incluso escribiendo para revistas especializadas. Sin pedirles siquiera, tomar a Libertad y la dejaron como nueva, en particular los frenos que ya estaban destrozados. Viéndolo en perspectiva, el no haberlo hecho hubiera sido casi un suicidio. Me advierten que la ruta era dura, pero realizable.

Los primeros kilómetros de ruta los hago por territorio zulú, una de las tantas etnias del país. El terreno, si bien era montañoso, era tolerable. Pensaba hacer la ruta en dos días. Llegar a la base de la montaña en uno, para dejar un día entero para el ataque a la cima, al punto exacto donde comienza Lesotho.


Territorio Zulú. A medida que pasaba la tarde, cada vez era más peligroso seguir por la niebla, en un clima que puede pasar por las 4 estaciones en un solo día. Al final no me quedó otra que parar.
Como casi siempre pasa, los planes cambian, y la niebla no me dejó pedalear más de 80 kilómetros. Era en extremo peligroso seguir pedaleando bajo esas condiciones. Tuve que parar en Bulwar, a varios kilómetros de distancia de la meta. Mojado como perro por la lluvia, me metí a un supermercado a comprar algo de comida antes de buscar un lugar donde poner el campamento. En eso me divisa el dueño, un amable chino, y me empieza a hacer las mismas preguntas que por más de 2 años y medio me han hecho. Que qué estaba haciendo y para dónde iba. Luego de la breve conversación me senté afuera a tratar de pasar el frío y la lluvia en la fogata que tenían los lugareños. Acá, la abrumadora mayoría negra se niega bastante a hablar el inglés, lo ven como el idioma de los colonizadores. El Zulú es la regla.

A mí desde chico que me han interesado los idiomas y por algún motivo jamás se me olvidó un refrán en Zulú que aprendí hace más de 20 años en la Encarta: "Uku Zala. Ukuzelula. Amtambo." ¿Qué significa? No tengo la menor idea, pero se me quedó grabado a fuego como uno de esos recuerdos tan random de cosas que poco pueden servirte en la vida. Salvo que ahora este me sirvió. El decirlo, fue como la barrera que rompe el hielo. Se largan todos a reír y me puse a conversar con ellos en inglés.
Al cabo de media hora, me preparaba para para buscar un lugar donde acampar. Pero Lin, el chino dueño del restaurant, sale y me dice que hoy era su invitado, que lo siguiera.
Pensé que era a su casa con su familia, pero mientras lo seguía con la bicicleta bajo la lluvia, veo que se desvía a un hotel. Llamó a la dueña para que me tuviera cena y desayuno. Ya era tarde para decir que no, pero siendo sincero, me salvó la vida. Me quedaba un largo trayecto y ese descanso bajo la torrencial lluvia, fue un regalo literalmente caído del cielo.



Mientras descansaba con mis improvisados amigos Zulú
Con Lin y su familia 
Al día siguiente, temprano en la mañana, me propuse terminar la ruta. Llegué a la base de la montaña al mediodía, pedaleando bajo paisajes que me producían flashback de los Alpes. Empecé el ascenso con todavía varias horas de sol. Pero, si bien el camino ya había sido duro, como siempre todo podía empeorar. El asfalto fue reemplazado por caminos de tierra y piedras. El 5% de inclinación poco a poco fue pasando a 10%, y luego a 15%. Llegué con lo justo a la caseta de inmigración de Sudáfrica y el guardia me advierta que se me venía duro.
    -¿Más duro que ahora?
    -Buena suerte amigo. -mientras me miraba con una especie de lástima





Usualmente la distancia entre la caseta de inmigración de un país y el otro, es de unos cuantos metros que se hacen caminando. Acá, sin contar cuando casi me entierra la nieve en las montañas de Albania, fueron los 7 kilómetros más duros que me han tocado en el viaje. La pendiente subió hasta un 25%, era imposible seguir pedaleando con el peso que llevaba y me tocó empujar a mi bicicleta. Libertad, mi fiel compañera que casi siempre aliviana mi viaje, acá era más un estorbo. Tenía que empujar los kilos y kilos de peso por las montañas. Paso a paso. El odómetro ya no funcionaba, ya que no registra velocidades bajo 4 km/h. Como lo esperaba, casi siempre que estoy cerca de llegar, pasa algo que me dificulta la llegada. Quizás es el destino que la quiere hacer más épica, o quizás es solo algo sicológico, explicada por la mezcla de ansiedad por llegar y cansancio, donde cualquier contratiempo menor pareciera ser más grande. Empieza la lluvia. Cuando pienso que nada peor puede pasar, al rato baja la neblina que no me dejaba ver más de un par de metros. Como hace tiempo que no estaba en altura, empezó el dolor de oídos. No era opción parar., no habían más que montañas y precipicios la lado del camino Luego de varias 4x4 (el camino, por ley, solo se puede pasar en camionetas 4x4) que me daban aliento y uno que otro sorbo de licor para combatir el frío, llegué justo antes del atardecer a Lesotho, luego de 12 horas de pedaleo.

Había llegado a la meta, pero aun no la había cruzado. El pequeño gran problema es que los chilenos necesitamos visa para Lesoto. Me acerco a la caseta de inmigración y le paso el pasaporte a la oficial, esperando que no se diera cuenta de ese "detalle". Como siempre quedan mirando el pasaporte, no son frecuentes los chilenos acá. Mientras me hacía el desentendido, me dice que me tiene una mala noticia, que (como lo esperaba), los ciudadanos de “Chail” necesitamos visa para el país. No era posible pagarla ahí (como ya lo sabía) y me dice que no sabe que hacer con mi caso. Hace algunas llamadas, pero no consigue respuesta. La quedé mirando con cara de pena. Mojado y transpirado, creo que esa mirada estaba demás para inspirar lástima. A los 5 minutos vuelve y me dice sururrándome que me iba a dar un regalo. No había nadie más en la caseta. Me entrega el pasaporte con una visa gratis de 3 días para entrar al país. La quiero abrazar, pero me contuve por lo mojado que estaba. Me advierte de que si me pasaba de los 3 días se iba a encargar personalmente de que me llevaran detenido. Más claro, imposible. Tenía máximo 3 días para conocer el pequeño país.
Lo primero que hice, como en cada país al que llego, corrí al bar más cercano y me tomé una cerveza local. Es la forma de clavar la bandera. De poder decir con todas las de la ley, "conquisté Lesoto". Dicho bar, a pocos metros de la frontera, era nada más ni nada menos que el bar a mayor altitud de toda África.


Si bien la motivación de llegar a Lesoto era puramente un desafío físico personal de sobrepasar un camino tan duro, ya estaba en el lugar y tenía que tomar una decisión. Era cruzar el país en tiempo récord, o bien quedarme a explorarlo y devolverme por donde llegué. Tome la segunda opción. Estaba en uno de los países más remotos del mundo, era una oportunidad que no podía dejar pasar.


Me permití conocer la cultura de los Basotho (etnia de más del 99% de los habitantes del país). Sus paisajes que me recordaban por momentos al altiplano chileno. Sentí una contradicción casi fisiológica entre el color obscuro de su gente y el frío que reina en la montaña. Piel negra, nieve en las montañas y el frío no me cuadraban en la misma ecuación. Encontré lugares surreales, villas llenas de Mokhoros (casas tradicionales de los Basotho), animales siendo pastoreados por gente del lugar, vestimentas típicas y, quizás la mejor parte, la amabilidad de su gente. Los Basotho son conocidos por esto último y por su humildad. En casi cada lugar que paré, la gente me sonreía y me dejaban sin problemas tomarles fotos. Lesoto es un lugar con un gran porcentaje de su población viviendo en áreas rurales, por lo que las tradiciones se mantienen fuertemente, en especial en este lado del país. Me costó dar con la palabra, pero podría describir a Lesoto como uno de los lugares más auténticos que he estado en mi vida. Fue un highlight no solo de África, sino que de todo el viaje, una visita espontánea, sin planificar, pero como ha sido durante todo este viaje, las mejores cosas ocurren cuando me dejó llevar por mis instintos.

Al salir del país, me encuentro nuevamente con la oficial de inmigración pero estaba con más gente, al parecer alguien superior de su cargo. Le llevaba una cerveza de regalo. Me sonrió cómplicemente de vuelta, ninguno mencionó el hecho de que me había dejado pasar por fuera de las reglas.
Quizás la calidez de los Basotho hizo que la bajada no se sintiera tan dura y que los calambres en las manos de tanto apretar los frenos, no dolieran tanto.

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