Soy Carlos Jeldres Venzano. Ingeniero, Chileno, Chillanejo y fanático de Ñublense. Dejé un muy buen trabajo y acomodada vida para cumplir mi sueño: El 11 de junio del 2016 comencé a dar la vuelta al mundo en bicicleta. 5 continentes, 5 años y más de 100 países. Bienvenidos al diario del viaje de mi vida

Entre arena, montañas y fusiles – El Sinaí en bicicleta

Carlos Jeldres Venzano - abril 16, 2018


Tan pronto salí de Israel, me tranquilicé. Me llenaron historias de gente con problemas al salir del país, especialmente aquellos que visitaron Palestina. Con la cantidad de fotos de Palestina, el tiempo que pasé ahí y lo mucho que he escrito acerca de ese maravilloso territorio, pensé que habían excusas suficientes para hacerme pasar un mal rato a la salida; desde retenerme un par de horas con un bombardeo de preguntas, hasta prohibirme el ingreso al país por 5 años.
Recibí en cambio un by-pass para salir antes, amables sonrisas y un “¡que vuelvas pronto!”.
Sin embargo en el lado de Egipto, con 25.000 kms de bicicleta recién cumplidos. la cosa iba a ser diferente.

A los pocos metros de aquella amable sonrisa, recibo la primera pregunta, “¿Trae usted algún arma en su bicicleta?”. Me encontraba ya en territorio egipcio.
Mientras hacía los trámites, se me acercó alguien que pensé que era algún operador turístico con algún tipo de encuesta. Me preguntaba por mi viaje y qué lugares pensaba visitar en Egipto, y en particular en el Sinaí. Le comentó que quería atravesar el Sinaí, por el sur, para llegar luego al Cairo. Fechas ni tiempo no lo tenía claro, ya que dependía básicamente del estado de ánimo de mi cabeza, mis piernas y, por supuesto, de Libertad.
De la nada, viene un guardia y me pide mi pasaporte por “un par de minutos”, que se transformaron en un par de horas. Pasaban y pasaban los minutos. Mientras ya veía que faltaba poco para el atardecer, empiezo a hacer presión para poder salir de una vez, algo que no me gusta, por el peligro, es pedalear de noche.
Todos los policías, con amable sonrisa me comentaban que estaba todo en orden, que debían solamente hacer un par de verificaciones.
A las casi dos horas, yo ya de poco humor, me acerco con el que parecía ser el jefe de la delegación.
    -Señor, ¿hay algún problema? ¿Algún error con la documentación? Creo tener todo en regla
    -No te preocupes, está todo OK. Pasa que como vas en bicicleta, tenemos que asegurar los caminos y coordinar tu escolta. Ya estamos casi listos. Vas a tener compañía”.
La primera de muchas patrullas.
Quizás es necesario ir un poco más atrás y comentar algún par de detalles para entender esto.
La península del Sinaí, ese territorio bíblico enclavado en la parte asiática de Egipto, es un territorio con alta presencia de grupos islámicos radicales, principalmente en la parte norte. Sin ir más lejos, hace 5 meses hubo un atentado donde murieron más de 300 personas en una ciudad al norte del país.
Sin embargo, este es un paraíso turístico, con playas blancas y mar turquesa, de clima perfecto y donde no dan ganas de salir. Esta parte del país, vive del turismo.
Por estos motivos, sumado al hecho de lo expuesto que quedaba al andar en bicicleta, la policía no quería tomar el riesgo de que a al pelmazo que se le ocurrió andar en bicicleta por acá le pasara algo, así que tuve durante prácticamente todo el Sinaí, guardia policial. La mayor parte de las veces pedaleando con una patrulla atrás, otras agarrado del auto, y en otras, simplemente con la bicicleta arriba de la patrulla.
Al pasar la primera ciudad luego de la frontera, Taba, y en medio del atardecer, me esperaba el primer contigente policial de 18 (sí, Dieciocho grupo de policías). Siempre, en el mismo esquema. Un oficial, un policía más joven manejando, con dos militares o policías en la parte trasera, armados con fusiles.
    -“¿No puedo pedalear por acá?”
    -“Puedes, pero te queremos ayudar”

Jamás recibí un NO directamente, sino que se “ofrecían” a ayudarme, y cuando no era posible pedalear, tomaban la bicicleta y la ponían en la parte trasera. Entre checkpoints, controles militares ubicados entre las bifurcaciones y conexiones de caminos, no tenía permitido pedalear.
Al escribir esto, pareciera que da la impresión de policías o militares malhumorados, pero acá la sonrisa y amabilidad con que recibían, era única, tal y como ha sido durante todo este país. Estos países nos dan clases de hospitalidad.
Al principio, policías y militares, me miraban con curiosidad ("qué carajo hace este tipo con una bicicleta de 50 kilos por acá"). A los minutos, tímidamente empezaban con un champurreado inglés.
    -Hello! Where are you from? 
    -From Chile my friend!
    -Italy?
    -No. Chile. "Chili". South America.
    -Ah America!
    -No man, South America. Latin America. Brasil, Argentina and next Chile
(haciendo el gesto con las manos de un país grande, uno un poco más chico, y luego uno largo y flaco a continuación).
    -Ah, Argentina! Messi, Messi good player.
    -No man, Chile.
    -Yes, yes, Argentina.

    -Ok. Argentina. -Al final me rendía, prefería pasar por argentino que por Norteamericano.
Diálogo que, con variantes, se repitió por lo menos 8 oportunidades.
Cuándo me pasaban a buscar en la mañana, no podían aceptar que me fuera a desayunar sin ellos, no podía decir que no. El problema es que a los pocos metros metros venía otra patrulla y el otro grupo de policías. Con el "toma un segundo desayuno para pedalear mejor", empezaba el día cargado de falafels, hummus y pita. Imaginarme esto en otro país, fuera de la esfera musulmana, es imposible.

Sobre la ruta en sí, a pesar de la poca libertad que tuve que pedalear, fue hermosa.
Luego de un par de días de descanso en el primer campamento egipcio a continuación de Taba, venía el primer día duro, llegar a al pueblo de Dahab. 6 horas pedaleando bajo el sol implacable de Egipto, uno de los pocos lugares donde no tuve escolta, cruzando por terrenos montañosos, para llegar a la ciudad. Mientras estaba casi llegando a la cima y con el agua caliente por el sol, escucho a lo lejos unos niños gritando "maya, maya!", "agua" en Árabe. Con sonrisas de lado a lado, me ofrecen una botella de agua helada sellada, de unos 3 dólares. En un país en extremo barato, una botella de esas cuesta carísimo en terminos relativos a los ingresos. Al intentar pagar, se miraron y se ríeron entre ellos. "No, no! You maya". Era el primero de los mil gestos que este hermoso país iba a tener. Desde donde iba a comprar al supermercado hasta en las cafeterías, los "Where are you from my friend? Welcome to Egypt", las decenas de mensajes y saludos de egipcios al pedalar, fueron pan de cada día.
Con mi grupo de escoltas número 13
Al terminar la ruta y llegar a Dahab, lo mismo de siempre. Doble checkeo de seguridad, comentar donde iba a estar alojado y el capitán a cargo indicándome que le dijera cuando iba a salir, para realizar el procedimiento.

Dahab. Una ciudad de la que jamás había escuchado en mi vida, pero que me causó algo parecido a Playa del Carmen. Ese aroma a libertad que se siente, mezcla de relajo, calor, arena y mar. Una parada “en los pits”, que se supone iba a ser de una noche, que se convirtieron en tres.
A los minutos de llegar a la ciudad, y mientras compraba algo, se me acerca un chico egipcio.
    -“Hey! ¿Tienes donde quedarte? ¿Te puedes quedar con nosotros si quieres?”.
Así sin más, tuve uno de los mejores descansos en lo que va de viaje. Conocí a muchos ciclistas, entre ellos a Ahmed, con quién estamos viendo la posibilidad de pedalear juntos por Egipto y Daniel, un dentista que me tiene invitado a Alexandría. A los días, y con dificultad, me tuve que despedir de este paraíso.


Dahab
Mientras pedalaba hacia el próximo destino, en el extremo sur de la península, Sharm El Sheik, al llegar al checkpoint, se me acerca un militar. "El general te quiere conocer".
    -Carlos, bienvenido a Egipto. - Me dice. Con placas y condecoraciones que le llegaban casi al ombligo.
    -Muchas gracias general. Me han tratado increíble en su país.
    -Me alegro. Te acompañaría en tu viaje, pero tengo un par de cosas que hacer por acá.
    -Lo entiendo General. No debe ser fácil su trabajo.
Si Dahab fue como mi Playa del Carmen, ese destino diferente, de poca ciudad, de libertad y de pocos turistas de tarjeta de crédito, la ciudad de Sharm El Sheik, era Cancún, donde los hoteles y resorts eran la norma.
Mal no me vino pasar por ahí, creo que será la única oportunidad en mi vida donde por 10 dólares conseguiré un hotel, con piscina, desayuno egipcio ilimitado y comodidades, al lado de un vista maravillosa del Mar Rojo. Pero vamos, que ese no era el objetivo del viaje, con un par de noches, regaloneando las piernas, bastaba.
Sherm el Sheik. Ok, no soy fanático de resorts ni lugares ultra turísticos, pero vamos, que nadie se negaría a pasar un par de días en este paraíso.
A la salida de Sharm El Sheik, empezó lo bueno. Sabía del calor y las montañas. Pero faltaba el viento.
En esta parte del mundo, el viento corre (casi) siempre sur. En lo que me falta del norte de África y en lo que fue la primera parte del Sinaí, es un regalo caído del cielo, alcazando un promedio de velocidad que de otra forma hubera sido imposible. Pero en el oeste del Sinaí, fue una verdadera tortura. Con ráfagas que hasta 40 km/h en contra y granos de arenas y piedras chicas que me pegaban como esquirlas en las piernas. Con velocidad máximas en bajada de 15 km/h, al llegar a la segunda de las escoltas recibí un "agárratede la patrulla, que no puedes pedalear así". Asi, ayudado de la patrulla conduciendo a unos 30 km/h, pude pedalear decentemente.
Acampando en las estaciones de policía, para partir temprano al día siguiente con mi nueva escolta.
Los días siguiente fueron iguales. Durmiendo en una estación de policía o en pueblos poco turísticos al oeste del Sinaí, donde la escolta policial me pasaba a buscar a primera hora.
A poco de llegar al estratégico puente que conecta el Sinaí con el resto de Egipto, es decir Asia con África, se acabó el pedaleo. Con escolta militar esta vez, me subieron a un furgón. Pregunté unas 5 veces si podía pedalar, pero ahora el "no" era más rotundo. Es un punto tan importante, que no había posibilidad de cruzarlo en bicicleta. Un poco de tristeza tuve que ya que era la única oportunidad de llegar bicicleteando a otro continente y no en barco o avión. Pero al llegar al otro lado, la libertad volvió. Estaba libre de volver a pedalear sin escolta y lo mejor, estaba en África!

Ras Sudr

Cruzando el túnel que conecta Asia con África. El cuarto continente estaba al otro lado.




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