2017/05/23

¡Hasta pronto América! Parte II: El norte de USA y Canadá


Estados Unidos de América. El último obstáculo antes de alcanzar la primera gran meta, Canadá. 
Más de 3.000 kms desde el sur de Florida hasta Canadá, el último país del norte del continente para culminar el primero de los 5 continentes, luego de más de 16.000 kms y 10 meses de pedaleo.
Esta etapa se dividió entre 4 etapas, las últimas dos en este post:
1) Florida y las Bahamas, donde más que pedaleo fueron unas merecidas vacaciones; playa, sol, cruceros y paseos,
2) El Sureste de USA, donde como nunca en todo este viaje me contacté con la naturaleza, ruta principalmente rural,
3) El Norteste de USA, desde Washington hasta Nueva York, pedaleo más que nada urbano, donde conocí la otra cara de Estados Unidos, las ciudades,

4) Y por último Canadá, desde el norte del estado de Nueva York hasta Toronto, la última parte en mi etapa americana.

Noreste de USA: Desde Washington hasta Nueva York.

Por fin ciudad. Washington DC, la capital del gigante americano.
Como había escrito en el post anterior, se me estaba haciendo necesario un poco de civilización, ya quería ver gente, salir de fiesta, conocer personas, tomarme un par de cervezas y conversar del mundo, de USA, de su política y en general de la vida en el país. Washington aparecía como la parada perfecta para estar un par de días.
Claro, amé estar viviendo el último mes como un verdadero oso en el bosque, pero había sido suficiente: La monotonía, una de las tantas razones de empezar esta aventura, y en particular mi tolerancia hacia ella, que se ha reducido al mínimo posible, me ha hecho estar en constante búsqueda de cambio.
La Casa Blanca, lugar donde estará 4 años uno de los personajes más nefastos de la
historia estadounidense y mundial.

Podría haber considerado Washington como parte de mi etapa del sur o del norte, porque acá es la perfecta división entre estas dos áreas bien definidas del país.
Dicen como broma cruel, que tiene “la calidez del norte y la eficiencia del sur” (haciendo referencia a las supuestas peores dos cosas de ambos sectores del país), pero la verdad es que es una mezcla muy agradable de ambos.
Una ciudad sin embargo con bastante población flotante, que por lo mismo hace algo difícil tener un sentimiento de arraigo con ella, casi todos quienes viven acá, llegan desde afuera o están en un proyecto con duración limitada.


Panorámica de Washington
Llegué a la ciudad esperando una inmensa metrópolis, sin embargo, me sorprendió al aire a pueblo que tenía. No sé si fueron las fuertes limitaciones a la construcción en altura, la encantadora forma de sus casas y departamentos o el carácter de sus habitantes, pero la sentí una ciudad en extremo acogedora, todo lo contrario a lo que uno podría pensar de la capital del país más poderoso del mundo, donde en cada cuadra habían diversas representaciones diplomáticas de los países más recónditos del planeta, donde podría estar tomándome una cerveza a escasos metros de la embajadas de Chile o de Suazilandia (que de hecho, las visité!).



Sam, médico que me recibió en Washington



Creo que si tuviera que elegir una sola ciudad de Estados Unidos donde vivir, partiendo de la base que no elegiría a USA como principal destino para ello, sería Washington.
Una de las ciudades más vivas que he visitado. Museos al por mayor, mucho turismo, puntos imperdibles como la Casa Blanca o el Péntagono, para llenarse de historia del país, sin aquellos vicios de las grandes ciudades, como el tráfico o la delincuencia.
Luego de un par de días en la casa de Sam, amable médico que me recibió durante toda mi estadía acá, y tras buenos litros de esa necesaria cerveza, conocer a sus amigos y buenas e interesantes conversaciones, seguí rumbo a Nueva York, en la que sería mi última parada grande hasta llegar a Canadá.


El símbolo de la ciudad. La estatua de la libertad dándome la bienvenida.
Acá me recibieron Magda y Juan, pareja colombiana. Ellos fueron de esas personas que marcan el viaje y de las que sigues en contacto hasta el día de hoy. Tan lindo como haber llegado allá, fue haberlos conocido a ellos.
Porque a pesar de todo lo bien que me trataron en USA (en extremo bien), siento que las conexiones más verdaderas y fuertes las he realizado con los latinos, con quienes compartimos esa sangre caliente. Con quienes no tenemos que estar bajo cerveza para darnos un abrazo entre amigos, por dar uno de miles de ejemplo posibles; con quienes existe esa conexión, esa piel que solo he logrado mi gente latina.


Nueva York. La capital del mundo. ¿Qué se puede decir de acá que no se haya escrito antes? No sé si es mucho lo positivo que puedo agregar desde el prisma de un ciclista, ya que no es una ciudad muy amable con las bicicletas, a diferencia de Washington por ejemplo donde existían prácticamente carreteras para bicicletas en las ciudades.

Arriba Washington. Abajo Nueva York.
Dos ciudades completamente diferentes para pedalear.
A pesar de ese detalle, es una ciudad maravillosa, única en el mundo.
Claro, es ridículamente cara, pero vale la pena cada dólar gastado en la visita. Me quedé solo 4 días, pero podría haber estado perfectamente un mes sin problemas y me faltaría demasiado por recorrer de esa hermosa jungla de concreto.
Visité el museo del 11 de septiembre (recomendadísimo), el MoMA, además del famosísimo Puente de Brooklyn, la estatua de la Libertad, Central Park, el Empire State…Y faltó tanto por recorrer.
Es una ciudad que atrapa peligrosamente. Pero ya al cuarto día las piernas me empezaron a picar por pedalear, necesitaba seguir avanzando, Canadá estaba a la vuelta de la esquina.



Cuatro postales de Nueva York.
Memorial del 11s
Puente de Brooklyn
La noche estrellada de Van Gogh
El Toro de Wall Street



Panorámica de la ciudad desde Brooklyn

Los últimos kilómetros en el país. La ansiedad ya me comía por dentro.
La última parte antes de llegar a Canadá, la parte norte del estado de Nueva York. Montañas, frío y viento.
Acá, como nunca en todo mi viaje, tuve una rutina militar.
Desperté cada día a las 5am, para pedalear hasta que el sol se pusiera, parando cada hora a comer y estirar. Intenté convertirme en un robot para llegar YA a Canadá. Avancé mucho más de lo presupuestado, en solo 6 días estaba al borde de la frontera.



Ese 13 de abril del 2017 es de esos días que no olvidaré jamás en mi vida. Uno de los más felices. El día que llegué a Canadá.
Porque claro, el objetivo es dar la vuelta al mundo, cruzando cada uno de los cinco continentes, pero cruzar el primero, el más largo por lo demás, tenía ese sabor de que estaba comenzando a lograr lo imposible.
Cada día desde que salí de mi Chillán me imaginaba el momento de alcanzar Canadá. Cuando la gente me paraba en la calle y me preguntaba a dónde iba, la respuesta era la misma, “Voy a Canadá!”.


El Upstate New York.
Montaña, nieve y frío. Ya se empezaba a respirar Canadá.
Ese día desperté a las 5 de la mañana como ya era costumbre, estando a solo 80 kilómetros de la frontera. Como lo esperaba, no había casi logrado dormir esa noche.
Con el frío que hacía esa helada mañana, de ese frío que te no deja sentir los dedos de las manos, comencé a pedalear no solo para entrar en calor, sino para cumplir la primera de las cinco etapas de mi sueño, cruzar cada uno de los cinco continentes sobre mi bicicleta.
Sin embargo, al pasar el día, sentí que el clima me estaba dando una tregua para disfrutar este momento, mí momento. Con sol como pocos días en esta zona y el cielo despejado. Y por primera vez en semanas, con el viento a favor.

Ese día de pedaleo, recorrí mentalmente cada uno de los hasta 15 países visitados hasta ese entonces. Desde Chile y los días en que crucé el desierto más árido del mundo, el de Atacama, para luego encumbrarme sobre los 4.000 metros de altura y pasar a Bolivia, país de gente que me recibió con los brazos abiertos. Perú y su gente, junto con los paisajes más hermosos que vi en mi vida. Ecuador y atravesar nuevamente los Andes y llegar a la Amazonía ecuatoriana para llegar al cálido Colombia. Y no solo cálido por su clima, también por su gente, sus “parces”.
Como olvidar Panamá, el pedaleo bajo el huracán Otto y el recibimiento de Juan. Costa Rica y su pura vida!. Perdido en Nicaragua y doña Jaqueline que me recibe en su casa. Honduras y el cruce de la cordillera centroamericana, para meterme en zona de la Mara Salvatrucha. Claro, Dalisse me salvó de ahí. Uff Guatemala y Tikal, el mundo Maya! Belice y una de las partes más duras de mi viaje. México y…ufff. México. No sé si podrá enamorar de un país, porque creo que lo estoy. De su desmadre y su rivera maya. De su gente. Para llegar a Cuba y descubrir un nuevo mundo, totalmente diferente a lo que había visto en los 13 países anteriores. Las Bahamas y el caribe no-hispanohablante, cruceros y claro, un poco de merecido lujo, para finalmente estar a pocos kilómetros de cruzar USA.
Las cataratas del Niágara. Frontera natural entre USA y Canadá.

Cuando aparecen frente a mí las cataratas del Niágara, frontera natural entre USA y Canadá. Me quedé un rato mirando ese espectáculo hermoso que simbolizaba el fin de la aventura americana, el cierre del primer capítulo de la aventura de mi vida.
Llamé antes de cruzar a mi abuelo para contarle, la persona que más admiro en el mundo. Creo que sabía que era para darle gracias por todo lo que le debo, sin él , esto no hubiera sido posible. Tomo la bicicleta, y cruzo el Rainbow Bridge, puente internacional que me llevó a Canadá. Grité de felicidad al mismo tiempo que contenía las lágrimas.
El último país al norte de América, mi país número 16. El primero de cinco continentes estaba completo.

A partir de ese día, cada vez que me vuelven a preguntar dónde voy, ya no respondo con una verdad a medias, no es más un “Voy a Canadá”.
Estoy dando la vuelta al mundo, suelo responder con una sonrisa.

Canadá
Y bueno. Llegué a Canadá. Por un momento sentí esa sensación de...y ahora qué?...Pero no, no me podía dejar llevar por eso. Era momento de celebrar y no podía seguir mi ruta hacia Europa sin pasar por lo menos una semana por acá, intentado conocer todo lo posible este hermoso país.



El primer día de cruzada la frontera, en el lado canadiense de las cataratas del Niágara, estaba Eric, ciclista canadiense que me acogió en su casa junto a su amiga Martha, ambos un amor.
Eric. Un “loco” de aquellos, en el mejor sentido de la palabra. De esos locura que tanto le falta al mundo. Un tipo que das gracias por haber conocido en la ruta. Un loco querido que me llevó a explorar la ciudad.
Tenía un negocio de alquiler de bicicletas. Todas carísimas.
Cuando le pregunté si pedía algún tipo de garantía para que volvieran con ellas, me dijo que no. Acá no era necesario, siempre volvían con ellas. Y claro, vi incluso varias bicicletas en la calle sin amarrar y un auto con las llaves puestas.

Con Martha y Eric
Mientras me alistaba al siguiente día para partir, Eric toma mi bicicleta y me la deja como nueva. No me cobró nada más que los accesorios a precio costo. Además, al momento de partir, me retó por tener unos zapatos tan maltrechos y me regaló unos nuevos. Apretadísimo abrazo que sonó a un “!Welcome to Canada!”.
A veces pienso que difícilmente me alcanzará esta vida para devolverle al mundo todo lo que me ha entregado durante este viaje.

Amanecer en el Lago Ontario
Al día siguiente luego de pedalear con una vista del amanecer increíble a mi derecha del lago Ontario, me encontraba en Toronto, ciudad que tenía que conocer en mi último país antes de seguir a Europa.
Es una ciudad en un país donde todo funciona. Desde sus políticos hasta su servicio de transporte público. Desde el respeto mutuo entre automovilistas a peatones hasta la seguridad. Todo funciona bien.


Toronto
Toronto de Noche, luego de la victoria del equipo de Hockey,
los Maple Leafs
Es la ciudad más multicultural que he conocido en mi vida, incluso más que Nueva York. Si bien ya Canadá es un país que acepta muchos inmigrantes, en particular la ciudad de Toronto debe estar fácilmente en las primeras 5 ciudades con más porcentaje de inmigrantes. Y lo mejor, es que a diferencia de otras ciudades así de cosmopolitas, acá si bien existe “el barrio chino”, “el barrio coreano”, en general se ve en la calle esa mezcla de razas que lo hace único. Por lo demás, el tema del racismo está controladísimo en este país.
La gente? Decir amable es poco. “Sorry!” es la palabra más escuchada en el país. Es el país donde más seguro me he sentido pedaleando hasta ahora; por dar un ejemplo, muchas veces me pasó que no siempre tenía la preferencia en la bicicleta y la gente me sonreía y me decía que pasara. ¿Es en serio, pensaba yo?

Un poco de Chillán en Canadá. Pablo y Catalina, compañeros de colegio haciendo patria por estas tierras.


La gente SIEMPRE le sostiene la puerta al que va atrás y al  a preguntar algo en la calle, incluso son capaces de acompañarte por cuadras si estás perdido. En Latinoamérica esto también pasa, pero no es lo común. Acá sí lo es.

En un país donde la confianza es la regla. Ver bicicletas sin amarrar en la calle, un sistema de pago donde uno debe depositar el cambio exacto en el metro por ejemplo para pasar. Si incluso podrías depositar un botón y ¡nadie diría nada! Pero la gente no se aprovecha del sistema y realmente paga lo que debe pagar.
Viviría en Canadá? Suena a una experiencia idílica. A pesar de que para muchas personas pueda ser un paraíso, es la antítesis exacta de mi Latinoamérica querida.
No sólo no viviría ahí porque es uno de los países, y en particular Toronto, más caros del mundo ni porque aún me cuesta asimilar que ESO era la primavera. Temperaturas ridículamente bajas para esa estación del año y con un viento que te congela hasta el alma.

Creo que la principal razón de porqué amé a México por ejemplo, es porque en el fondo me gusta el “desmadre”, me gusta el desorden. Quizás puede sonar incluso ridículo, pero me gusta ese desorden de mi Latinoamérica, no saber por ejemplo a qué hora pasará la siguiente micro o el salir a la calle a enfrentarme a la jungla de automovilistas. Vivir con ese grado de incertidumbre. La vida la encontré más bien plana en Canadá, algo aburrida.
Un letrero indicando que la micro pasará UN minuto más tarde.
Se imaginan algo similar en Chile?
Ya luego de unos días acá, y con un curso intensivo de Canadá, empezó la despedida del continente. Partimos con Libertad a Islandia, el primer país de la segunda etapa, el segundo continente: Europa.
Una mezcla de sentimientos encontrados por todo lo que fue América, por toda la gente hermosa que conocí, que me abrió las puertas de su casa, en los hasta ahora mejores 10 meses de mi vida.











Times Square en Nueva York
Washington DC
Museo de 11s

Canadian. La cerveza popular canadiense.
Una de las más malas que he probado en mi viaje.

Moneda Canadiense. Una vez más, en otro país, la reina de Inglaterra en los billetes.
Acá, a las moneda de un dolar se le llama Loonie, ya que tiene a ese representativo pájaro de este país, el Loon.
Por esta misma manera, al de dos dólares, se le llama Toonie.

El Poutine (arriba) y el Maple o Jarabe de Maple (abajo).
Dos de los orgullos canadienses.