Perú II: Lima y el norte

Carlos Jeldres Venzano - octubre 06, 2016

Resumen:

24 de agosto de 2016 a 19 de septiembre de 2016 - 1971 kms:
Inicio Andahuaylas (Perú). Uripa (72 kms) – Ayacucho (87 kms) – Jenhua Jocha (53 kms) – Licapa (62 kms) – Haytará (108 kms) – San Clemente (112 kms) – Asia (121 kms) – Lima (97 kms) – Chancayo (94 kms) – Paramonga (80 kms) – Culebras (105 kms) – Chimbote (112 kms) – Trujillo (145 kms) – Mocupe (173 kms) – Desierto Chiclayo/Piura (145 kms) – Ignacio Escudero (172 kms) – Máncora (126 kms) – Tumbes (107 kms)





En Andahuayalas, aun sobre los 3.000 metros sobre el mar, tomé la decisión de tomar la costa peruana. Los paisajes de la montaña eran únicos y cautivantes, pero por lo gran dificultad del camino, estaba avanzando demasiado poco. La ruta escogida era Ayacucho – Pisco – Lima para luego avanzar por la Ruta 1 peruana, la Panamericana que va por la costa, hacia Ecuador.

Último día en la montaña
La  montaña, como lo he repetido hasta el cansancio, había sido demasiado dura y ya era momento de despedirme de ella. Sin embargo, esta tenía una última sorpresa deparada. Poco antes de llegar a la última ciudad grande de la sierra, Ayacucho, me empiezan los mareos, la transpiración helada y fiebre. Me había pegado una de las peores infecciones estomacales que había sentido alguna vez. A duras penas y conteniendo las ganas de vomitar sobre los 4.000 msnm, llegué a Ayacucho, donde pasé varios días en cama. Varios días perdidos sin poder pedalear, donde mi única preocupación era bajar la fibre y los vómitos.

Despidiendo a la montaña
El punto más alto alcanzado y que proyecto alcanzar: 4.746 msnm
El  pedaleo los días siguiente fue difícil en lo físico, ya que no estaba recuperado al 100%, además de que al contrario de lo que ingenuamente pensaba, la transición hacia la costa no sería una suave pendiente hacia abajo, sino que la montaña rusa de 2.000 a 4.000 metros y viceversa continuaría todos los días hasta casi alcanzar pisco. De hecho, faltaba lo que será el punto más alto de mi viaje, la Abra Apacheta, donde alcancé los 4.746 m.s.n.m., llegando a duras penas, con las piernas reventadas.

Después  del último par de días de montaña rusa, llego a Los Libertadores. La luz al final del túnel; el último punto donde tendría ascenso para soltar la bicicleta, cantar y celebrar el volver a cruzar los andes en bicicleta.
Una vez tomada la costa en Pisco y ya recuperado al 100% de la infección, fue momento de parar en Lima. Tengo varias diferencias con muchos cicloturistas, entre ellas, que me encantan las ciudades grandes. No me gusta solo apreciar la naturaleza y paisajes, sino también de las capitales, de las grandes urbes que hablan bastante del carácter de un país. Fueron varios días de parada donde recorrí la capital, conocí la noche limeña y por sobretodo un montón de gente que hizo mi estadía en Lima simplemente espectacular.

Lima



No  tan solo encontré en Lima una ciudad con muchos parecidos a Santiago, sino en el resto de Perú, muchas similitudes con Chile. Además, jamás sentí discriminación por ser chileno y creo compatriotas, que nos tratan mucho mejor de lo que nosotros a ellos. Lección para aprender.

Lo malo de estar parado en las capitales, es que los gastos se elevan demasiado, puedo llegar a gastar el triple en comparación al estar en ruta y parar en pequeños pueblos. Así, a duras penas tomé la bicicleta y continué hacia el norte a atravesar el temido desierto, tanto por el clima como por la delincuencia de la que muchos peruanos me habían advertido.
Panamericana Peruana. Costa y Desierto


Comidas increíbles TODOS los días :)
Sabía  que esta ruta iba a ser aburrida, se venía por la costa el desierto peruano. Mucho seco, ciudades alejadas, monotonía del paisaje, así que me puse un objetivo para hacerlo más llevadero. Comer absolutamente TODO lo que pillara en cuanto a gastronomía peruana se refiere. Su comida es simplemente maravillosa. Cada día era probar un ceviche tras otro, degustar piscos de la zona, probar pescados preparados de mil formas y comer picante hasta (literalmente) llorar.


Ya  sea envalentonado por sus mariscos, por lo plano de la ruta o simplemente por querer avanzar, logré kilometrajes que dudo los pueda volver a hacer en lo que resta de viaje. Alcancé a pedalear casi 700 kms en solo 4 días y lo mejor, salvo la gran cantidad de pinchazos sufridos, la ruta resultó ser bastante más amigable de los presupuestado. Encontré mucho verde, las distancias entre ciudades no eran tan grandes como en el norte de Chile y el clima, tanto de noche como de día, era más agradable de lo pensado. Lo mejor, el peruano era tan amable como en el sur, asistiéndome varias veces con los problemas técnicos que tuve. Del peligro que tanto me advirtieron, sinceramente, ni lo sentí.


Una  notable parada fue en el norte fue en Trujillo, en la famosa Casa del Ciclista, dirigida por Luis. Ahí conocí a una pareja alemana que estaba haciendo una ruta intercontinental, además de tener una espectacular acogida donde Luis. A pesar que me gusta dormir en el desierto o sobre dunas (la arena es un colchón exquisito), no hay nada como una cama, una ducha y un buen recibimiento.
Ya  a poco de alcanzar Ecuador, se va sintiendo el cambio de clima, de uno seco a uno más tropical, una transición lenta del amarillo del desierto a un hermoso verde. Lo malo? el alto nivel de húmedad, donde se hace harto más duro pedalear así, transpirándolo todo, pero habrá que acostumbrarse ya que tendré que lidiar con este clima, hasta por lo menos alcanzado el sur de México.

Cerca de Ecuador. Mucho verde y clima cada
vez más húmedo

En  la última parada de descanso antes de salir de Perú, me quedo en la turística Máncora, ciudad turística archiconocida sobre la que no creo sea necesario detallar demasiado. Superó mis expectativas por lejos. Buena compañía, ambiente, vida nocturna y turismo, que hacen recargar energías para los próximos días de ruta.

Máncora



Hasta  que llegó el 19 de septiembre, el día que terminaba de cruzar Perú. Más de 3.000 kms por terrenos durísimos en lo que representaba uno de los países más difíciles que enfrentaré.
Al llegar a la frontera, un mensaje desde Chile cambió la felicidad de terminar esa ruta, por una la más grande pena y rabia. Mi tío Juan Enrique, con quién crecí bajo el mismo techo, fue atropellado por un conductor ebrio que se dio a la fuga en Chillán. Primera vez que fallece un familiar cercano y es uno de los golpes más duros que recibí, del que no pretendo entrar en detalle por acá. Dejé la bicicleta cerca de la frontera y partí rumbo a mi tierra a estar con los míos por unos días antes de volver y empezar el cruce de Ecuador. Desde ahora cada pedaleada será en nombre del querido Juanín, quién me estará empujando y cuidando desde arriba.


















Lección aprendida: Nunca pedalear con sudadera en el desierto
Adiós Lima!

























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